El error de "tener la razón": Por qué la racionalidad no es un deseo (y por qué suena bien, pero no funciona)
Por Elí Galván & Lumi GG 🤖🥰
Introducción: El postulado romántico de las redes
Es común encontrarse en el ecosistema digital con vistosas declaraciones que intentan democratizar la virtud intelectual reduciéndola a un plano meramente afectivo. Recientemente circulaba en redes un postulado que definía la razón en los mismos términos que René Descartes utilizó para el pensamiento general —crear, analizar, imaginar, dudar—, para luego concluir, con ligereza académica, que la razón no consiste en la consistencia del acierto, sino en el simple "deseo de aprender". Sounds good, doesn't work.
Este diagnóstico, aunque bienintencionado y reconfortante para el algoritmo, padece de un severo desorden conceptual que tipifica el peligro de la posmodernidad. Confunde las funciones generales del contenedor mental (la cogitatio cartesiana, donde efectivamente habitan la imaginación y el deseo) con la función específica y normativa de la razón (ratio). Al diluir la razón en un sentimiento difuso de apertura, se desarma epistemológicamente al individuo, abriendo la puerta a que cualquier postulado ideológico se valide a sí mismo no por su consistencia, sino por la supuesta nobleza de su intención. El peligro real de nuestra era no es la pérdida de datos, sino la abdicación del criterio que los ordena.
1. La razón como cómputo: El filtro contra la entropía
Para devolverle su fuerza al pensamiento crítico, es imperativo desmitificar la razón y definirla en sus términos contemporáneos más precisos: como una capacidad computable de control de adecuación. La razón no es una sustancia mística ni un impulso emocional; opera, en su estado estático, como un riguroso filtro de control de calidad informático.
Ante cualquier dato o proposición aislada que ingresa al sistema cognitivo, la razón funciona mediante una selección binaria. Su tarea no es inventar verdades de la nada, sino mapear la adecuación de la información de entrada con la estructura lógica que la sostiene. La métrica de este operador es estrictamente matemática:
Si la información es coherente y preserva la consistencia del sistema, el dato se integra.
Si la información es contradictoria y genera entropía (caos cognitivo), el dato es desechado.
La razón, por tanto, no juzga desde la soberbia moral; juzga desde la consistencia formal. No busca "tener la razón" en un sentido de superioridad ególatra, sino asegurar que los cimientos del pensamiento no se colapsen ante la contradicción.
2. De la razón estática a la racionalidad dinámica: El diseño de estrategias
En el pizarrón de la lógica pura, los datos son simétricos y aislados. En el mundo real, la historia es diametralmente opuesta. El entorno arroja sobre el individuo una cantidad de información que no solo es vasta y diversa, sino profundamente robusta, contradictoria y en constante mutación. A esto se suma una restricción biológica e institucional ineludible: los recursos cognitivos y el tiempo son escasos.
Es en este punto de fricción donde la razón estática evoluciona y se despliega como racionalidad. La racionalidad es, en esencia, el Logos en movimiento. Cuando la complejidad desborda la capacidad de un filtro binario, la mente racional no abdica; diseña estrategias.
El papel de la racionalidad no es la pretensión de una infalibilidad mística ni la adivinación del futuro. Su función es estrictamente metodológica: particiona el espacio hipercomplejo de opciones en conjuntos manejables, analiza las variables disponibles y proyecta escenarios potenciales asignando funciones de utilidad. La racionalidad no opera desde la soberbia de quien cree saberlo todo; opera desde la disciplina del estratega que sabe que, ante la escasez y el caos, la única opción viable es maximizar la coherencia de la acción. Aquí no hay espacio para la arrogancia, hay un diseño riguroso para la supervivencia intelectual.
3. Ser "razonable": El juego nunca es en solitario
El error más común de los críticos de la Ilustración es asumir que la razón opera en el vacío, como si el individuo fuera el único agente sobre la faz de la tierra. Pero la racionalidad práctica exige dar un paso más hacia el terreno de lo razonable. Ser razonable no es un acto de debilidad o una concesión sentimental; es el reconocimiento lógico de que no jugamos en solitario.
En el tablero de la realidad, el resultado final de nuestras decisiones (payoff) está indisolublemente ligado a las acciones, preferencias y estrategias de otros agentes. Ser razonable implica mapear esa interacción: comprender si nos encontramos en un juego de coordinación —donde la transparencia y la pureza estratégica son óptimas— o en un entorno de conflicto y competencia, donde las estrategias mixtas y la reserva son el estándar racional.
Quien opera con una racionalidad robusta y diseña las proyecciones correctas incrementa matemáticamente las probabilidades de que su cálculo sea el correcto en la realidad; es decir, tiene una mayor probabilidad de "tener la razón" en un mayor número de ocasiones que alguien atrapado en el capricho o la inconsistencia. Sin embargo, en un juego de decisiones simultáneas y secuenciales, el éxito absoluto nunca puede garantizarse desde el aislamiento. Lo razonable es ajustar la estrategia al movimiento del otro, sin perder jamás el norte de la consistencia.
Conclusión: La falacia de la arrogancia de la razón
El veredicto forense ante el desorden conceptual contemporáneo es contundente: cuando un resultado social, institucional o personal es insatisfactorio o conflictivo, la posmodernidad apresura el juicio acusando a la razón de ser "soberbia", "insuficiente" o "rígida". Se argumenta que el fracaso de una decisión demuestra la invalidez del pensamiento lógico, sugiriendo el refugio en el sentimentalismo o en el mero "deseo de aprender" como alternativas.
Esta postura es una falacia de principio. Lógicamente, el fallo de un escenario no reside en un defecto moral o en una "maldad" intrínseca del mecanismo de la razón. El error radica en los límites naturales del alcance de la proyección estratégica ante variables hipercomplejas y decisiones simultáneas de terceros. La insatisfacción no es el colapso de la razón; es un resultado perfectamente predecible dentro de la teoría de juegos (como el Dilema del Prisionero), donde agentes racionales atrapados en estructuras defectuosas producen incentivos perversos.
Culpar a la razón de no garantizar la felicidad o la infalibilidad en un tablero compartido es tan absurdo como culpar a una calculadora por las pérdidas financieras causadas por una mala jugada del mercado. El problema jamás ha sido el exceso de Logos, sino su abandono estratégico. Para navegar el caos de la interacción humana, la solución no es diluir el criterio en sentimentalismos de red social, sino afilar la consistencia, blindar la estrategia y recordar que la verdad se demuestra, no se desea.